La telaraña intrusa
Por Tatiana Vidal

A despecho de la pericia ilusionista de los últimos dos siglos que logró vender como cumplido el sueño de la libertad humana, el mundo vive hoy preso tras una telaraña.

Poco visible en la ingesta diaria de noticias, la red tras la cual se coarta la libertad mundial está tejida de esquina a esquina del planeta por más de un millar de bases militares extranjeras, de las cuales la mayoría corresponde a Estados Unidos.

Como quien instala la caseta de su perro en el jardín del vecino, después de haberlo arrasado, las metrópolis colonialistas cercenaron, con la imposición de enclaves castrenses propios, la recién estrenada independencia de sus colonias durante el siglo pasado.

De aquella época a hoy es poco lo que ha cambiado la mentalidad colonialista, aunque los afeites sean mejores y haya subterfugios más tolerables para la comunidad como la lucha contra el narcotráfico.

Bajo las más diversas argucias y violencias, en las últimas décadas Estados Unidos expandió y consolidó su sistema de bases hasta llegar a más de 720 distribuidas en 130 países, al menos en cifras oficiales.

Situadas en diversos climas y continentes, al Norte o al Sur, usurpadas o con la complicidad de los gobiernos nacionales, los enclaves tienen un solo objetivo: el control de naciones, recursos naturales y seres humanos.

Según el investigador estadounidense Chalmers Johnson, las bases en el exterior tienen cinco misiones para Washington: mantener la supremacía militar absoluta en el mundo, interferir comunicaciones e intentar controlar el mayor número posible de fuentes petroleras.

Los propósitos incluyen también dar trabajo e ingresos al complejo industrial bélico y asegurar que los militares y sus familias vivan con comodidad.

Las estadísticas señalan actualmente al Golfo Pérsico en el Medio Oriente y la región andina de América Latina como las zonas de mayor concentración de efectivos estadounidenses, al tiempo que se acondiciona el Noreste Asiático como una gran plataforma para operaciones globales y regionales.

Bautizada por el Comando Sur como arquitectura del teatro, la compleja red de instalaciones y operaciones en Latinoamérica y el Caribe sirve de rampa de lanzamiento a la prepotencia con que el gobierno norteamericano trata a sus vecinos.

Guantánamo, en Cuba; Soto Cano/Palmerolas, en Honduras, Comalapa, en El Salvador; Manta, en Ecuador; Reina Beatriz, en la isla de Aruba, y Hato Rey, en Curazao, son algunos de los territorios ocupados por Washington.

Contra esa telaraña intrusa y agresiva, que crece alevosamente lo mismo en América que en Europa y África, se ha organizado un potente movimiento mundial cuyo grito de paz es ¡No Bases!

En Ecuador, donde el gobierno norteamericano ha transformado la base de Manta en portaaviones para intervenir en el conflicto armado de la fronteriza Colombia, tendrá lugar del 5 al 9 de marzo una conferencia internacional por la abolición de las bases militares extranjeras.

La cita aspira a resaltar el impacto político, social, medioambiental y económico de esos enclaves, así como dar a conocer y apoyar a los movimientos y organizaciones que se oponen a tal limitación de la soberanía de las naciones.




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