“Guerra silenciosa de los halcones”
Por: Nubia Piqueras Grosso
Diseño: Santiago Calderón
Tan añejo como el más exquisito ron, resulta el fenómeno de las bases militares en el mundo. Pero a diferencia del primero, este último sobresale por su peculiar mal aliento; ese que suelen dejar las guerras silenciosas.
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial y emerger el bloque socialista, Estados Unidos sintió la necesidad de enfrentar la amenaza, sobre todo cuando ellos podían ser el principal punto de mira en este nuevo giro planetario.
La existencia de dos bloques, opuestos entre sí, ofreció desde entonces al mundo una cierta estabilidad que fue saboteada por la llamada “guerra fría”, cuyas minas aún sin explotar representan un peligro en nuestros días.
Aun cuando reina el unipolarismo, las bases permanecen como reflejo del hegemonismo que Washington intenta imponer al mundo, por tanto no resulta extraño que cerca del 95 por ciento de estos enclaves militares sean propiedad norteamericana.
Estados Unidos tiene instalaciones de este tipo en todo el mundo, con el objetivo, entre otros, de proteger sus intereses económicos en las regiones donde se asientan.
Esto se evidencia en el espacio geográfico en que se sitúan las bases, generalmente próximas a pozos de petróleo, gaseoductos y otros recursos naturales.
Entrenamiento a domicilio
Términos como “la guerra contra el terror”, el “narcoterrorismo”, y más recientemente el “populismo radical”, sirven de disfraz para que cada día Estados Unidos avance en sus planes de conquista en la región.
Mucho más allá de las conocidas bases militares de Manta (Ecuador), Soto Cano (Honduras), Reina Beatriz(Aruba), Hato Rey (Curazao) y Comalapa (El Salvador), los halcones proyectan extender su guerra silenciosa a Centroamérica.
Tras la firma del Tratado de Libre Comercio de América Central con algunos países de esta área, los gobiernos no sólo han sentenciado sus economías, sino también su soberanía en tanto el documento refleja el ingreso de tropas como es el caso de Honduras.
Por otra parte, el Plan Colombia y su supuesta lucha contra el narcoterrorismo es la sombrilla que sirve de resguardo a los verdaderos intereses del imperio: buscar territorios cercanos que le sigan llenando sus bolsillos.
En esta estrategia del Pentágono, no interesa tanto la ocupación militar del territorio si se puede asegurar la apropiación de los recursos naturales; además, por otra parte, las bases son en muchos casos, monedas de canje por deuda externa.
La táctica “del Ministerio de la Guerra de Estados Unidos” contempla el llamado entrenamiento a domicilio, que no es más que el adiestramiento de los ejércitos locales en sus propios territorios, mediante empresas privadas e instructores del Pentágono.
Esta modalidad en el caso de Latinoamérica es ejecutada por el Comando Sur, y en un futuro podría unirse la Escuela de las Américas, tras conocerse por el periódico USA Today que este recinto de Fort Benning reanudará el entrenamiento de militares en la región.
De interés resulta el hecho de que cada vez más el Pentágono transfiere gran parte de la operación y mantenimiento de sus bases a contratistas privados con fines de lucro.
En este sentido, sobresale la base de Manta en Ecuador, donde la fuerza aérea norteamericana contrató la operación de ésta a la compañía Dyncorp; incluso los vuelos que se realizan sobre Colombia son concertados a militares privados de Estados Unidos.
Guantánamo: un limbo legal
Las bases norteamericanas son un símbolo de la historia de intervención armada de Washington. Varios de sus enclaves en el Caribe fueron adquiridos no por acuerdos mutuos, sino a través de conquistas.
Este es el caso de la Base Naval de Guantánamo, cuyo terreno Estados Unidos ocupó ilegalmente en 1903, después de su fugaz participación en la guerra Hispano-Cubana.
Durante la segunda conflagración mundial, Guantánamo se convirtió en la principal base de reparaciones, y de defensa de Florida y Texas, al contrarrestar los submarinos alemanes en el Caribe.
Hoy la única misión de la Base es la “lucha contra el terrorismo”, entendido como la creación de una cárcel cuya característica principal es mantener a los reos al margen de toda legalidad o convención universal.
Pero los beneficios de esta base naval van más allá de los intereses militares. Este ilegal enclave sirvió de “campo de concentración” a emigrantes haitianos y a los llamados balseros cubanos durante la crisis de los noventa.
OTRA VEZ LOS MUROS
La proliferación de bases militares responde a la etapa imperialista, y comenzó en la guerra Hispano-Cubana-Norteamericana. Sin embargo, el Tratado de Varsovia fue el necesario balance frente a la organización militar de occidente agrupada en la OTAN. La idea de“cercar al bloque socialista” dio lugar al aumento de estos enclaves en Europa, ubicados a ambos lados de la frontera.
Los Tratados SALT I y SALT II, firmados entre la URSS y Estados Unidos, constituyeron el reconocimiento mutuo público del poderío militar de las superpotencias y la necesidad de reducir el arsenal bélico de los oponentes.
El desmoronamiento del bloque socialista y su desaparición, puso fin al Pacto de Varsovia, cuya zanahoria fue el Tratado de las Fuerzas Armadas Convencionales en Europa (FACE).
A posteriori vino el garrote: los países de la OTAN dijeron que no ratificarían el Tratado, mientras Rusia no retirara sus bases de Georgia y Moldavia.
El presidente ruso Vladimír Putin dijo en Munich, en febrero pasado, que sus tropas se estaban retirando de Georgia de modo acelerado, mientras que en Moldavia el contingente militar cumple aún “funciones de mantenimiento de la paz y de la custodia de los almacenes de municiones que han quedado de la época de la URSS”.
Al mismo tiempo, en Bulgaria y Rumania se instalan las llamadas bases ligeras de Estados Unidos con 5 000 efectivos en cada una. Rusia, en tanto, no ha respondido militarmente a tal proceder.
Ante tal fenómeno, el presidente Putin preguntó en la citada conferencia: ¿contra quién está apuntada tal ampliación? El mandatario recordó al auditorio el compromiso hecho en 1990 por el Secretario General de la OTAN, de que sus tropas no se emplazarían más allá del territorio de la RFA, como garantía ofrecida a la Unión Soviética. ¿Dónde está esa garantía?, preguntó Putin.
En los anaqueles de muchos hogares, o quizás en cualquier rincón oscuro de un desván, yacen pedazos del Muro de Berlín convertidos en souvenir o recuerdos de una época pasada.
Mientras tanto, otros muros físicos o virtuales se levantan hoy siguiendo motivaciones y excusas diversas, pero los efectos serán similares: partir al mundo en dos, o quizás polarizarlo bajo el adagio de “divide y vencerás”.
|