Jorge Alfonso deportes@prensa-latina.cu
Alguien dijo en cierta oportunidad: Las casualidades no están escritas; aunque también es posible añadir... y mucho menos si se trata de hechos insólitos ocurridos en el deporte.
La razón de lo afirmado brinda ahora la oportunidad de recordar lo que sucedió durante la final de los 100 metros planos, en los VII Juegos Panamericanos, Ciudad de México (1975), cuando el cubano Silvio Leonard cayó al foso del estadio al terminar la veloz carrera.
En la línea de arrancada ocuparon posiciones cuatro corredores antillanos: el trinitario Hasely Crawford, el guyanés James Gilkes y los cubanos Hermes Ramírez y Leonard, quienes disputaban la medalla dorada al superfavorito estadounidense Glancy Edwards.
La atención del público reunido en los graderíos del estadio universitario, alrededor de 70 mil personas, estaba concentrada en el disparo de arrancada.
Crawford, Gilkes y Ramírez dejaron prácticamente "sentados" en los respectivos bloques a Leonard, Edgard y los tres restantes competidores al producirse el estallido.
A escasos 15 metros de la línea de sentencia, debido a la forma espectacular y vertiginosa de la carrera, muy pocos se percataron de que algo ocurrió en el accionar de Leonard.
Sus armónicos movimientos desaparecieron de inmediato, e intentó suplirlos al imprimir el máximo de velocidad a las extremidades, con el marcado interés de no salirse del carril.
Con el tórax hacia delante, realizó un esfuerzo supremo para reducir la ventaja de los corredores que marchaban delante, los mismos de la sorpresiva arrancada.
Metro a metro primero, centímetro a centímetro después, dejó atrás a Gilkes y su coterráneo Ramírez, hasta emparejarse a Crawford. Los cronómetros marcaron 10,15 segundos. Sin discusión resultó el ganador, pero faltaba más…
En reciente conversación, Leonard recordaba el angustioso episodio: "Cuando arrancamos sentí un fuerte latigazo en el muslo izquierdo y enseguida pude observar que mis rivales tomaban la delantera. Las piernas no me respondían.
Me sentía como un vehículo sin dirección ni frenos. Buscaba desesperado algo que me detuviera al pasar la meta y ahí estaba frente a mí, el increíble foso".
Otro de los grandes bólidos cubanos de siempre, Enrique Figuerola, fue uno de los testigos excepcionales de lo sucedido y al rememorarlo apunta: aquello resulta imposible contarlo.
"Fíjate si lo que hizo Silvio fue grande que sólo con la diferencia de la arrancada era imposible ganar en una final de 100 metros planos, sobre todo a ese nivel", destacó.
Para muchas personas, el correr, como acción natural del ser humano, supone una cosa muy fácil de realizar y un claro ejemplo lo encontramos en la demostración de los niños en distintos juegos.
Sin embargo, cuánta es la diferencia entre tales carreras espontáneas y las exigencias planteadas cuando hablamos de alcanzar resultados en las competencias del alto rendimiento.
En el caso específico de las confrontaciones atléticas podemos afirmar que cada corredor "interpreta su propia melodía". ¿Cuál es la razón del cambio? La respuesta es bien sencilla.
Aunque la forma de correr depende, en buena medida, de las cualidades innatas, el desarrollo de la velocidad impone dominar a la perfección un complejo conjunto de movimientos técnicos.
Silvio Leonard Sarría llegó al campo y pista por pura casualidad en el año 1968, apenas tenía 13 años de edad, mientras cursaba estudios secundarios en su natal provincia de Cienfuegos.
Como sucede a la mayoría de los atletas cubanos de esa época, la principal atracción consistió en el béisbol, en los llamados piquetes al flojo y casi siempre jugaba el campo corto o en los jardines por tener buen desplazamiento.
Un buen día asistió a unas pruebas de atletismo y llegó segundo en 75 metros planos, lo cual le valió matricular en la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE), en Santa Clara, donde recibió atención directa del profesor Alejandro Pascual.
La caída en el foso en México-75 le representó una seria lesión en la columna y algunos dieron por finalizada su vida atlética; pero, tras una seria operación realizada por el profesor Rodrigo Alvarez Cambra, director del Hospital Frank País, volvió a las pistas.
De aquellos días difíciles quedan las huellas de la intervención quirúrgica y de la sutura de ocho puntos por una herida en el pie izquierdo, antes de las eliminatorias de los Juegos Olímpicos de Montreal, Canadá (1976).
Un año más tarde asistió a la mexicana ciudad de Guadalajara para buscar la clasificación dentro del equipo América II a la Copa del Mundo, programada para celebrarse en Dusseldorf, Alemania.
Esta vez la "mala suerte" no pudo ganarle la batalla y corrió el hectómetro en 9,98 segundos, en dicho momento solo superado por el recordista mundial, el estadounidense Jim Hines (9,95).
En la actualidad, Leonard presta ayuda técnica como colaborador en Quito, Ecuador, donde trabaja con jóvenes aspirantes a seguir las huellas de su ejemplar profesor.