Jorge Alfonso deportes@prensa-latina.cu
La tarde del 2 de marzo de 1951, ocho bólidos alinearon en la arrancada de la pista del estadio River Plate de Buenos Aires, Argentina, escenario principal del primer certamen atlético a celebrarse en el continente americano.
Era la final de los 100 metros planos y dos de los participantes, el jamaicano Herbert McKinley y el cubano Rafael Fortún aparecían como los principales favoritos, sin descartar al joven estadounidense Arhur Bragg.
Los dos antillanos se conocían muy bien, pues en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barranquilla, Colombia (1946) y en Ciudad de Guatemala (1950) compartieron cuatro veces posiciones cimeras en los respectivos podios de premiaciones.
Fortún derrotó a McKinley par de veces en el hectómetro y una en los 200 metros planos en la ciudad colombiana, mientras el jamaicano pudo imponerse en la última de esas distancias en territorio guatemalteco.
Tampoco es posible olvidar que el jamaicano poseía una medalla de plata olímpica, conquistada en los 400 metros planos de los Juegos celebrados en Londres, Inglaterra (1948).
Sin embargo, cuando sonó el disparo, el criollo no creyó en ninguno de los rivales y rompió el estambre después de cubrir los 100 metros en 10,6 segundos, similar al tiempo de Bragg, pero el fotofinish lo definió triunfador.
Un par de días después -el 4 de marzo-, el trío volvió al mismo punto de partida y nuevamente Fortún salió vencedor en los 200 metros (21,3), tras relegar otra vez a Bragg (21,4) y McKinley (21,5).
Rafael Fortún, nacido en la ciudad de Camagüey el 5 de agosto de 1919, muy pronto conoció en carne propia cuanto desprecio y desamparo podía sufrir un joven negro, cuya única posibilidad para estudiar consistía en entregar lo mejor de sus cualidades físicas.
Su inicio dentro de competencias deportivas tuvo lugar en los primeros años de la década de 1930, cuando jugaba béisbol y exhibió dotes de buen fildeador, aunque también corría las bases con soltura.
En cierta oportunidad me confesó que su verdadera afición era el salto de altura, especialidad en la cual debutó en un festival auspiciado por la Hermandad de Jóvenes Cubanos, en el Club Ferroviario de Camagüey (1938).
A pesar de sobrepasar la varilla a 1,80 metros, el profesor de Educación Física Gustavo Tomeu le recomendó dedicarse a las carreras de velocidad y al siguiente año cronometró 10,5 segundos en un festival atlético celebrado en Santiago de Cuba.
"Allí fui seleccionado para viajar por primera vez a La Habana y en el Memorial Barrientos (1940) alcancé la medalla de oro con tiempo de 11,1 para superar a Raúl Mazorra y Jesús Farrés".
Sin embargo, Fortún siempre prefirió concluir los estudios de bachillerato en el Instituto de Camagüey, donde se graduó en 1941.
"Ante la proximidad de los Juegos en Barranquilla recibí la promesa de traslado permanente a La Habana con un trabajo asegurado en Obras Públicas, bajo el compromiso de hacerlo en el horario de la mañana y practicar por la tarde".
Algunos medios periodísticos escribieron que al regresar Rafael Fortún de Buenos Aires (1951), recibió la cesantía como humilde jornalero; sin embargo, tal información no se ajusta a la verdad, según me contó:
"Me hospedaron en una casa de huéspedes, alrededor de La Universidad de La Habana y desde allí iba todos los días a pie hasta el estadio La Tropical, junto a mis amigos Angelito García y Víctor Hernández.
"Entonces, lo único que me comunicaron los superiores era la disminución de la plantilla y aquella noticia fue un golpe violento, porque me dejaron sin medios de subsistencia ($4.64 jornal diario)", relató.
En ningún momento pensó en abandonar los entrenamientos para enfrentar la difícil situación, sino que intensificó las prácticas junto al entrenador Julio Navarro y tal convicción lo llevó a conseguir los exitosos resultados.
La plática sostenida un día cualquiera de 1977, en los graderíos de la Ciudad Deportiva habanera, concluyó de manera interesante:
"Casi tenía decidido fijar mi residencia en San Juan, Puerto Rico, después de los triunfos en Buenos Aires. De regreso a Cuba para despedirme de mi familia encontré un panorama que me conmovió en lo más profundo", dijo.
"Mis compatriotas, abundó, iniciaron una gran colecta pública para comprarle una casa a mis padres y fue tan grande la connotación que las autoridades no solo me restituyeron en Obras Públicas, sino que decidieron nombrarme inspector con un haber diario de $6,56".
Luego del triunfo revolucionario, el 1 de Enero de 1959, y la creación del INDER -23 de febrero de 1961-, Rafael Fortún Chacón dejó atrás para siempre el triste pasado vivido en los escenarios competitivos.
De inmediato se incorporó a trabajar en la forja de nuevos corredores y tuvo la oportunidad de contribuir con sabios consejos a los sonados éxitos del atletismo cubano en posteriores ediciones olímpicas y otros certámenes de envergadura internacional.
En pleno ejercicio laboral, dedicado al desarrollo de las nuevas generaciones de atletas y entrenadores, falleció en su querido Camagüey, el 22 de junio de 1982.