Por Abel Sardiña (ex corresponsal de Prensa Latina en Brasil)
Río de Janeiro, "a cidade maravilhosa", ex capital y eterna vitrina turística de Brasil, siempre festiva, ultima preparativos para una gran fiesta especial, los XV Juegos Panamericanos, del 13 al 29 de julio.
Con poco más de seis millones de habitantes -11 millones si se considera toda su región metropolitana-, bañada por la Bahía de Guanabara y kilómetros de hermosas playas, con multitud de cerros y extensas florestas, su paisaje conforma las más bellas tarjetas postales.
A esto se suma que la habitan gentes alegres, divertidas, amables, todo lo cual contribuye a que sea la ciudad más atrayente de Brasil y a que figure entre las más famosas en el mundo, pese a sus graves desigualdades sociales y ser el mayor foco de violencia del país.
Pero a sus múltiples problemas antepone su sin igual belleza natural, dada por la coincidencia poco común de extensas playas, florestas, cerros e islas paradisíacas, en perfecta conjunción con las construcciones levantadas por el hombre.

Famosos internacionalmente son además, en especial, sus fiestas de carnaval, sus hermosas mulatas, el gigantesco Cristo de Corcovado y el cerro Pan de Azúcar, sitios estos dos últimos desde los cuales es posible contemplar en toda su magnificencia la belleza inusual de esa ciudad.
Las crónicas cuentan que el territorio que ocupa Río de Janeiro fue avistado por primera vez por los conquistadores portugueses el 1 de enero de 1502 y que quien la bautizó fue el famoso cartógrafo florentino Américo Vespucio.
Se presume que la llamó Ría (término usado en la época para definir una entrada de bahía) de Janeiro (de enero), y no como suponen algunos que confundió la enorme bahía con la desembocadura de un río, pues se considera imposible que un hombre de sus conocimientos tuviera tamaña confusión.
Los portugueses y Vespucio se marcharon sin dejar asentamiento alguno, lo cual aprovecharon los franceses que, en número de 500 y comandados por Nicolau Durand, fundaron en 1555 una villa en lo que hoy es el barrio de Flamengo, interesados en las maderas del pau-brasil.
Diez años después, el 1 de marzo de 1565, el joven portugués Estacio de Sá, comandando una escuadra de 18 barcos, desembarca en una playa y en una pequeña isla funda la ciudad de Sao Sebastiao de Río de Janeiro, para retomar el control del lugar.
Durante dos años, 120 portugueses y unos 30 indios que asistieron al acto formal de fundación debieron enfrentar el asedio de los franceses, hasta que los derrotaron y trasladaron la villa a tierra firme, en el Morro do Castelo.
Río, que era la capital de la colonia, comenzó a progresar en 1808, cuando el rey Joao VI y la familia real portuguesa, huyendo de las tropas del conquistador francés Napoleón Bonaparte, se asientan en la ciudad.
El rey dictó un conjunto de medidas, como la creación del Banco do Brasil, la Imprensa (prensa) Regia, el Jardín Botánico y el Museo Real (hoy Nacional), y sobre todo la apertura de su puerto al comercio con Inglaterra.
Pero posteriormente el príncipe regente Pedro II, que proclamó la independencia de Brasil en 1872, pasó a ocuparse más de Petrópolis, la sede de verano de la corte, a poco más de 100 kilómetros de Río.
Con la proclamación de la República en 1889, la ciudad comienza a recibir mayor atención de las autoridades, va perdiendo sus aires provincianos y ganando aires de metrópoli, sobre todo a partir de la primera década del siglo XX.
El desarrollo de Sao Paulo como principal centro económico-financiero y sede del mayor puerto del país, y la fundación de Brasilia como nueva capital en 1960, contribuyeron a una disminución paulatina del peso de Río en el conjunto nacional.
Pero, pese a todo, sigue siendo imprescindible referencia nacional e internacional, y no son pocos los que, en el extranjero, identifican a Río con Brasil y a los cariocas con los brasileños.
Y esa identidad no la pierde, la fortalece con los años.