
San Juan, la preciosa capital de Puerto Rico, organizó en 1979 los primeros Juegos Panamericanos celebrados en el Caribe, que transcurrieron entre sonoras rechiflas al gobernador anexionista Romero Barceló y su exagerado dispositivo de seguridad.
El remanente del secuestro de los deportistas israelíes en Munich 1972 puso algo paranoico a los organizadores de la octava edición de la lid continental, también recordada como "los juegos militarizados".
Pese a ello, Puerto Rico resultó una excelente anfitriona para una asistencia entonces récord: casi tres mil deportistas de 34 naciones afiliadas a la Organización Deportiva Panamericana (ODEPA).
De los países miembros sólo faltó Nicaragua, inmersa en la revolución popular que derribó a la dinastía de los Somoza, apenas cuatro días después de clausurados los Juegos.
En San Juan 1979 debutaron como disciplinas panamericanas el tiro con arco, el softbol y el patinaje sobre ruedas, deporte que dio 17 nuevos juegos de medallas, ganadas casi todas por Estados Unidos.
Los norteños llevaron una poderosa delegación, que ganó 25 de los 39 títulos disputados en el atletismo.
Entre ellos sobresalieron las dos coronas de la velocista Evelyn Ashford y la victoria en 110 con vallas del plusmarquista mundial Renaldo Nehemiah, quien destronó al entonces recordista panamericano Alejandro Casañas.

El brasileño Joao Carlos de Oliveira impuso su hegemonía mundial en salto triple y largo, modalidad ésta donde el aún desconocido Carl Lewis finalizó tercero; en tanto, Radamés González, de Cuba, sorprendía a todos al imponerse en el maratón.
Otro cubano,
Silvio Leonard, repitió sus triunfos en 100 y 200 metros, el monarca olímpico Alberto Juantorena fue superado en 400 y 800, y la jabalinista María Caridad Colón estableció récord para el área.
Cuba partía como amplia favorita en el boxeo, pero los púgiles norteños se atravesaron en el camino de estrellas como Sixto Soria y el campeón olímpico y mundial Angel Herrera: al final, ambas escuadras terminaron con cuatro coronas cada una.

La debutante Leonor Borrell participó en el histórico triunfo 91-86 de Cuba sobre las campeonas mundiales y subtitulares olímpicas de Estados Unidos en el certamen femenino de baloncesto.
En el masculino repitieron los norteamericanos, con un conjunto donde destacaban las futuras estrellas Kevin McHale e Isiah Thomas; aunque el polémico entrenador Bobby Knight mostró su célebre grosería, y fue abucheado por insultar a unas jugadoras brasileñas.
Canadá dominó las pruebas de ciclismo de pista, encabezado por Gordon Singleton y Claude Longlois; Brasil ganó la mitad de los títulos del judo masculino, y los luchadores estadounidenses barrieron con las 10 coronas del estilo libre.
Los gladiadores cubanos, sin embargo, lograron resarcirse en la grecorromana, pues ganaron cuatro medallas de oro y cinco de plata, una más que sus archirrivales norteños.
El eterno duelo Cuba-Estados Unidos llegó a la plataforma de la halterofilia, donde los pesistas caribeños conquistaron 23 títulos de 30 posibles.
Cuba también dominó por tercera edición consecutiva los torneos de voleibol, y el de béisbol, liderado por el astro Braudilio Vinent (4-0, 0.45 carreras limpias) y el toletero Pedro José "Cheíto" Rodríguez (promedio de .500, con cinco jonrones).
Apenas tres años después del sabotaje terrorista a un avión civil donde viajaba el equipo juvenil cubano de esgrima, sus compatriotas lograron su mayor cosecha dorada en estas lides, con seis coronas entre florete, sable y espada.
En las piscinas reinaron nuevamente los nadadores estadounidenses, liderados por Jesse Vasallo y la librista Cynthia Woodhead, en tanto el clavadista Greg Loughanis -monarca olímpico y mundial- ganó las pruebas de trampolín y plataforma.
Mas, pese al exagerado dispositivo de seguridad que obstaculizó el desempeño de los periodistas, los Panamericanos de San Juan fueron un éxito deportivo y ratificaron la tradicional hospitalidad de la llamada Isla del Encanto.
Al final, el gran villano resultó el gobernador Romero Barceló, quien burló la voluntad y soberanía del pueblo boricua al imponer la bandera y el himno estadounidense en la presidencia de los Juegos.
Como resultado, dos aguaceros bañaron al estadio Hiram Bithorn durante la clausura: uno caído del cielo, que enlodó el terreno, y otro salido de miles gargantas puertorriqueñas, contra el fango colonial defendido por Romero Barceló.