Béisbol cubano:
cuatro décadas de victorias en Panamericanos

Jorge Alfonso (*)deportes@prensa-latina.cu

Como mínimo, dos generaciones de cubanos seguidores del deporte de las bolas y los strikes escucharon hablar siempre de triunfos cuando de materia beisbolera en los Juegos Panamericanos se trata.

Cuba salió airosa por primera vez en la inauguración de la disciplina en Buenos Aires, Argentina (1951), donde los resultados confirmaron la indiscutible supremacía de los antillanos frente a todos los equipos amateurs de la región.

Pero no fue hasta los IV Juegos Deportivos Panamericanos, con sede en Sao Paulo, Brasil (1963), cuando nació una permanente rivalidad entre los seleccionados de Cuba y los Estados Unidos.

Desde entonces y hasta la fecha, las memorias registran el desarrollo de 11 certámenes.

Mas, lo curioso del asunto es que los norteños sólo subieron una vez a lo más alto del podio de premiaciones, porque en lo adelante las medallas doradas brillaron siempre en los pechos de los peloteros cubanos.

La última ocasión en que los antillanos fueron relegados al segundo lugar en la tabla final sucedió hace ya ¡40 años!

El torneo desarrollado en Winnipeg 67 contó con la presencia de cinco selecciones nacionales (Canadá, Cuba, Estados Unidos, México y Puerto Rico) y el calendario competitivo fue un todos contra todos a dos vueltas.

Los ocupantes de las dos primeras posiciones quedaron obligados a celebrar una serie adicional de tres choques a ganar dos.

Cubanos (7- 1) y estadounidenses (6 - 2) consiguieron avanzar, aunque vale destacar que el revés de los antillanos (10 x 9 en el último juego de la segunda ronda) fue ante Canadá, mientras los fracasos de Estados Unidos (3-4 y 2-9) se los propinó Cuba.

La definición del lugar de honor impuso tres salidas al terreno (3, 4 y 5 de agosto) bajo circunstancias de fuerte presión para ambos aspirantes y mayor exigencia a los respectivos cuerpos de serpentineros, pues en los 10 días anteriores jugaron ocho veces.

Gilberto Torres, mentor de la escuadra cubana, entregó la bola a Manuel Alarcón, sin discusión la mejor carta de triunfo y ganador del primer desafío contra ellos.

Por su parte, la dirección de Estados Unidos designó al zurdo John Curtis, aparentemente incluido para enfrentarse a los bateadores cubanos.

Curtis trabajó como abridor en las citadas dos derrotas y, a pesar de caer vencido, exhibió gran velocidad, al extremo de ponchar a 18 rivales en 16 entradas.

A propósito de mencionar a Manuel Alarcón, reconocido por la afición nacional como El Cobrero, viene a la mente del redactor una interesante conversación sostenida con él hace alrededor de 15 años en la capital cubana.

Alarcón gustaba de la conversación y si de pelota se trataba no tenía para cuando acabar, porque su anecdotario era muy superior a los 529 ponchetes propinados a lo largo de siete series nacionales.

El tema en cuestión fue el juego decisivo entre Cuba y Estados Unidos, allá en Winnipeg, donde tuvo la satisfacción de recibir por tercera ocasión la oportunidad de abrir frente a los "americanos", según palabra propia.

"Yo les había lanzado en la primera vuelta nueve entradas completas y pude ganarle 4 x 3 el mismo día de la inauguración, el 24 de julio. Sin embargo, no lancé más hasta el 3 de agosto y aquello me perjudicó.

“No quisiera justificar lo sucedido, porque a cualquiera le caen e palos; pero no me sentía igual. Aquello fue una espina que quería sacarla de cualquier manera”, agregó.

“Entre el zurdo Rigoberto Betancourt y Jesús Torriente emparejaron la serie al día siguiente y ya yo le había dicho a Gilberto que el hombre para decidir era yo, comentó Alarcón.

En el encuentro decisivo "me presenté duro, duro de verdad, les propiné 12 ponches en ocho innings y sólo pudo conectarme hit el tercera base Steve Sogge. Aunque nunca más quisiera acordarme de ese noveno episodio, no puedo, es lo más triste en mi vida como lanzador".

En la parte final del noveno, dio base al primer bateador (el pitcher Raymond Bloose), Mike Marques se sacrificó y le ordenaron darle boleto intencional al siguiente bateador.

El tercer bate Lisetski conectó hacia el jardín izquierdo y Felipe Sarduy estuvo a punto de capturar la línea corta. Ahí se llenaron las bases y Gilberto Torres ordenó cerrar el cuadro.

La emoción embarga a Manuel Alarcón y dos o tres conocidos asistentes a la conversación desvían el tema, lo cual me obligó a buscar en los archivos.

Todo lo relatado coincide con exactitud cronométrica. El jardinero derecho Craig Greer bateó un roletazo entre primera y segunda para dejar tendidas en el terreno de juego las aspiraciones cubanas de conquistar el tercer título en Juegos Deportivos Panamericanos.

El despegue de la pelota cubana en la arena internacional, sin embargo, se había producido años antes, en 1939, cuando se organizó en La Habana el Segundo Campeonato Mundial con la participación de sólo tres naciones: Nicaragua, Estados Unidos y Cuba.

Más, la celebración alterna en Cuba (1939-1943), Venezuela (1944-1945), Colombia (1947-1948) y Nicaragua (1950) de estas lides posibilitó, sin dudas, fomentar el desarrollo de este deporte en el ámbito continental.



Copyrigth 2007 Redacción digital y deportiva de Prensa Latina