Por: Ernesto Montero Acuña*, E-Mail: serviex@prensa-latina.cu
Si el combustible es el problema crucial para la humanidad, ello se debe principalmente a la situación que crea en torno a la producción y el consumo de alimentos, tensos sobre manera entre los sectores más populares de cada país.
El petróleo eleva sus precios y se pone, virtualmente, fuera del alcance de numerosas naciones pobres, que ven reducidas sus posibilidades de producir los alimentos necesarios y, además, deben sufrir las carencias que provoca la utilización de éstos en la fabricación de combustibles.
Parejamente con el encarecimiento del principal componente energético, gravita la inflación sobre los principales productos relacionados con la cadena alimenticia, tanto humana como animal.
En su pronóstico para el 2008, la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) aseguró que los precios de los alimentos continuarán en aumento, "batiendo records históricos", a pesar de pronósticos sobre el incremento en la producción de cereales.
Se pondrá así en mayor riesgo la vida, se dañará aún más la vegetación, se afectará el clima y el planeta avanzará hacia un cisma del cual solamente saldría mediante la equitativa redistribución de las riquezas y el más racional avance científico-técnico.
La situación se agrava cada día, a partir de que dos mil 700 millones de personas –de los seis mil 680 millones que habitan el planeta-- viven en situación de pobreza y, de ellas, mil 600 millones lo hacen con menos de 1,25 euros diarios, equivalentes aproximadamente a 1,83 dólares.
Otros mil 100 millones en condiciones de pobreza extrema subsisten con menos de 0,79 euros (un euro igual a 1,47 dólares) por día, cuando se estiman no menos de 13,4 como necesarios.
Cifras escalofriantes indican que 35 mil personas mueren de hambre debido a que los países más desarrollados, buena parte de cuya riqueza originaria provino del dominio colonial, no han cumplido sus promesas en torno a los objetivos de desarrollo del milenio, trazados por Naciones Unidas.
De esta forma, si en 1990 la media de la ayuda para el desarrollo era sólo del 0,33 por ciento del Producto Interno Bruto de los países donantes, descendió luego hasta el 0,25 por ciento, contra el 0,7 previsto. Apenas un año atrás se estimaba que 38 países invertían cuatro veces más en su deuda externa que en salud y educación juntas. Mas la cifra no disminuye.
Se obvia frecuentemente que unos seis millones de niños mueren al año debido al debilitamiento de sus sistemas inmunes por la desnutrición y que tres de cada cuatro personas con hambre habitan en zonas rurales.
Las estadísticas de la FAO revelan que aquélla aumenta en el mundo, contra lo acordado casi 12 años atrás en la Cumbre de la Alimentación, celebrada en Roma, acerca de reducir a la mitad, para el 2015, los 800 millones de hambrientos estimados en 1996.
Al cumplirse la primera década de este propósito, su director general, Jacques Diouf, declaró que en ese momento sufrían “hambre más personas -820 millones- en los países en desarrollo, debido a que, “lejos de disminuir”, la cifra “está aumentando a un ritmo de cuatro millones al año".
Añadía asimismo que entonces los dirigentes de los 185 países que participaron en la Cumbre calificaron al hambre mundial de "inaceptable e intolerable". Pero lamentó profundamente “informar que la situación sigue siendo intolerable e inaceptable”, tanto más porque habían pasado 10 años.
La reducción a la mitad para el 2015 requería una disminución anual de 31 millones de subnutridos. Mas ha sucedido, por el contrario, que la cifra se eleva con el crecimiento de esos cuatro millones por año.
El magro pan de cada día (II)
Se reconoce la existencia de más de 855 millones de hambrientos hoy en el mundo, un dato que se estima aumentará en las circunstancias actuales, alimentarias y energéticas.
José Galindo Gómez, doctor de la Universidad de Granada y profesor titular en la de Málaga, revela que “puede parecer fácil demostrar teóricamente que, incluso, el doble de la población actual del planeta podría ser mantenida con sólo repartir equitativamente la riqueza, reducir el consumo de carne al mínimo y aplicar las técnicas más modernas en todos” los cultivos.
A la vez, su estudio añade: “Hay muchas razones que demuestran que el problema de la superpoblación es muy grave y sin fácil solución”.
Se entiende que la cuestión no consiste únicamente en la calidad y equidad de la distribución, sino también en la magnitud creciente de la población, también estimulada por las carencias en el Tercer Mundo.
Las estadísticas reflejan que cuando ancestros humanos iniciaron el cultivo de alimentos habría en el planeta unos cinco millones de habitantes, los que ascendieron a unos 500 millones en el año 1500, a mil millones en el 1800, a seis mil millones en el 2000 y a cerca de seis mil 680 millones en el presente.
En 208 años se ha elevado 5,68 veces, contra los existentes en todo el crecimiento humano anterior.
Las grandes desigualdades entre el campo y la ciudad provocan la explosión de megápolis, donde tampoco se solucionan las disparidades. Se concentran conflictos sociales como la violencia, la drogadicción, el robo y, en fin, la batalla cotidiana por la sobrevivencia.
La población mundial alcanza una esperanza de vida media en torno a los 65,4 años, pero las diferencias entre países pueden ser enormes. Mientras que en Japón supera los 80 años, en la República Centroafricana apenas alcanza los 44,9. Datos citados por Galindo Gómez revelan que “entre Japón y Sierra Leona hay una diferencia” de más de 42 años.
El físico italiano Cesare Marchetti estima, por su parte, que la capacidad poblacional del planeta podría ser de “un billón de personas alimentadas exclusivamente con comida sintética y usando principalmente energía nuclear”. Por el contrario, existe la certeza también de que un sistema de vida como el de Estados Unidos, en todo el mundo, es insostenible.
Galindo expone que “si al ritmo frenético de consumo y contaminación de ese país, le sumamos el del resto de los países ricos (Europa, Japón, Canadá...) las consecuencias medioambientales son desastrosas… En ese camino podemos encontrar el fin de la Humanidad, o de la vida en la Tierra”.
Con el seis por ciento de la población mundial, Estados Unidos produce el 21 por ciento de los bienes y servicios. Pero consume el 25 por ciento de la energía no renovable total, gasta el 33 por ciento del papel mundial y genera el 25 por ciento de la basura planetaria.
Cada habitante de China consume algo más de la mitad de la energía media gastada por habitante en el mundo, mientras que cada estadounidense la utiliza más de ocho veces por encima del promedio mundial.
La disparidad en el mundo es tal, que el 20 por ciento de la población, residente en los países ricos del Norte, consume el 80 por ciento de la totalidad de los recursos del planeta, mientras que en el Sur sucede a la inversa.
Según la FAO, muere por hambre una persona cada 3,6 segundos y, de ellas, el 75 por ciento son niños. Para el futuro, según previsiones, la cifra puede ser mayor.
Esto depende de la medida en que se distribuya su magro pan de cada día.
*Especialista de Prensa Latina en temas globales y de integración latinoamericana.