Biocombustibles y Alimentos
Por: Manuel Vázquez cyt@prensa-latina.cu


Malo para los ricos, peor para los pobres

El nivel de vida de las personas (o grupos humanos) es directamente proporcional al consumo de energía. Así, de las cavernas para acá los hombres han ido aumentando su mordida energética al ambiente de manera creciente.

Los primeros Homo sapiens requerían de más recursos naturales para vivir que un Australopitecus afarensis, como la famosa Lucy.

Con el advenimiento de las sociedades agrarias, a la energía proveniente de los alimentos, así como de la almacenada en la madera usada para hacer fuego, el hombre sumó para su provecho la propia de los animales domésticos (para la labranza), la del viento para mover embarcaciones, y la hidráulica en los molinos de granos.

Miles de años más tarde, la incorporación de otras fuentes de combustibles, como la hulla, mas el desarrollo de múltiples artilugios mecánicos, algunos existentes desde la poca de las civilizaciones greco-latinas, hizo que la cantidad de energía que consuma un europeo medieval aumentara considerablemente.

De acuerdo con el Profesor José Altshuler, Presidente de la Sociedad Cubana de Historia de la Ciencia y la Técnica, por esa época el consumo energético total per cápita de un europeo promedio era de unas veintiséis mil kilocalorías diarias.

De ellas, el 23 por ciento corresponda a la alimentación, 46 por ciento a las tareas domesticas, el comercio y otros servicios; el 27 por ciento a la agricultura y la industria, y 4 por ciento al transporte.

Revolución Industrial

A partir de ese momento, y, sobre todo, tras la Revolución Industrial, el crecimiento de la demanda de energía adoptó una tendencia exponencial.

No obstante el aumento hasta ahora indetenible de extracción de portadores energéticos de la naturaleza, con las consiguientes mejoras en el nivel de vida del humano medio si es que puede hacerse tal abstracción-, han conducido a la actual situación.

En el presente, la actividad industrial humana tiene en serio peligro de destrucción al medio ambiente global, principalmente por las consecuencias de la emisión de gases de efecto invernadero resultantes de la utilización de combustibles fósiles, sobre todo petróleo y carbón.

El otro camino

De ahí que, movidos por la necesidad de buscar fuentes energéticas más limpias y ambientalmente sostenibles, así como tras las ganancias que su implementación trae asociadas, varias naciones han apostado para mover el transporte a inicios del siglo XXI por los biocombustibles, entre ellos el etanol y el biodiesel.

Pero como nada es totalmente bueno, esa estrategia tiene su Talón de Aquiles: en general, las plantas que más rinden como fuentes de combustibles biológicos son precisamente varias de las empleadas en la alimentación humana y animal. Y no es una casualidad.

Entonces el dilema descansa entre usar cultivos alimenticios para combustibles, o buscar otras fuentes, tal vez no tan eficientes, de portadores energéticos industriales y domésticos.

Y en ese punto, un nuevo estudio recién publicado en la revista Science arroja interesantes elementos a tener en cuenta a la hora de escoger cual línea de desarrollo de las fuentes de energía es más racional adoptar.

De acuerdo con un trabajo Joseph Fargione de la organización Nature Conservancy, los biocombustibles, tal como se conciben mayoritariamente hoy día, son ineficientes para combatir el cambio climático.

Todos los biocombustibles que utilizamos actualmente generan una destrucción de la naturaleza directa o indirectamente. Si intentamos limitar el calentamiento del planeta, es absurdo reconvertir suelos para producir biocombustibles, especifica el texto.

Las ventajas de los biocombustibles respecto a la gasolina en cuanto a mitigar las emisiones de CO2 no es una cuestión tan simple, recalca por su parte el profesor David Tilman, de la Universidad de Minnesota, coautor del estudio.

Fargione, Tilmam y colaboradores analizaron como la conversión de tierras sin cultivar en plantaciones de maíz en Estados Unidos produce un exceso de CO2 de 134 toneladas métricas por hectárea, un débito que demorara 93 años en pagarse teniendo en cuenta las relativamente menores emisiones del etanol comparado con la gasolina.

Pero a la hora de analizar el costo ambiental de una nueva plantación, estiman los científicos en Science, se deben tener en cuenta las interrelaciones globales del mundo actual.

Por ejemplo, la demanda de etanol en Estados Unidos ha motivado la migración de muchas granjas productoras de soya al maíz. Como resultado, el precio de la soya ha aumentado tanto que agricultores de Sudamérica han desmontado para su siembra áreas de bosques muy ricas en biodiversidad y grandes sumideros de CO2.

Además, dado que los campos de soya fijan mucho menos carbono que la selva húmeda tropical, los beneficios del etanol se desvanecen.

Teniendo en cuenta todos esos factores, el alcohol a partir del maíz, en vez de lograr recortes en las emisiones de CO2 de un 20 por ciento, las duplica en un plazo de 30 años, incremento que se mantiene por 167 años.

También, explica en otro artículo publicado en el mismo número de Science el profesor Timothy Searchinger, de la Universidad de Princenton, el cambio de alimentos por combustible tiene serias consecuencias, pues reduce el acceso de los pobres a nutrientes cada vez más caros.

La política de producir biocombustibles a partir de plantas alimenticias, resume el investigador, es equivalente a tratar de reducir la emisión de gases de efecto invernadero disminuyendo el consumo de alimentos. Desgraciadamente, agrega, eso viene a expensas de los países más pobres del mundo.

Sin embargo, apuntan los científicos en Science, la elaboración de biocombustibles a partir de desechos agrícolas y forestales, de plantas que crecen en terrenos no útiles para cultivar alimentos, y de hierbas de las praderas (estadounidenses), sí puede contribuir a luchar contra el cambio climático global.


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