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El Che: hoy más que ayer
Por GIANNI MINA
Hace más de dos años, en noviembre de 1994, durante la manifestación en Roma contra la ley financiera que decretó el ocaso del gobierno del neoliberalista Berlusconi, no había por las calles de la capital solamente un millón de ciudadanos italianos, sino también decenas de millares de banderas y de pancartas con la imagen de Ernesto Che Guevara, médico argentino que, después de haber participado junto a Fidel Castro en la Revolución Cubana, había intentado, entre 1966 y 1967, una sublevación en Bolivia y sucesivamente en todo el continente latinoamericano contra las dictaduras, el hambre, las democracias secuestradas, la explotación y los sufrimientos.
Las mismas banderas las había hecho ondear en París un millón de estudiantes que obligaron al gobierno de Balladur a retirar y después reformar la ley sobre la escuela privada que había resquebrajado una antigua conquista libertaria, laica y democrática de la sociedad francesa.
Y las mismas imágenes las había propuesto la televisión en la primavera del 95, desde Ciudad México, donde millares de estudiantes pedían el fin de las operaciones militares contra los indios mayas de Chiapas (sublevados ochenta años después de la Revolución Mexicana, aún pidiendo en vano «la tierra para los campesinos»). Los estudiantes se concentraron en la plaza del Zócalo, proponiendo no sólo la imagen, enmascarada con el pasamontañas, del sub comandante Marcos (portavoz de los rebeldes), sino centenares de banderitas con el rostro absorto del Che Guevara.
Aquellas banderas, aquellos ritos, los bellísimos versos de Carlos Puebla -«de tu querida presencia, / comandante Che Guevara»- han regresado a la plaza romana de San Giovanni el Primero de Mayo del 96 para un concierto de música rock auspiciado por las tres más importantes organizaciones sindicales italianas, y en el cual participó más de medio millón de jóvenes. y el mismo escenario se ha animado en Río o en Madrid, en París o en Berlín, durante varias manifestaciones de significado social,
antirracial o de rechazo a la injusticia.
Evidentemente, es una elección simbólica que ha devenido sentimiento común de todos los olvidados de la tierra, o de los que sienten sus derechos ignorados o pisoteados, o que no aceptan las ofensas y las discriminaciones que se les hacen a otros seres humanos. Una elección fruto del gesto, el 9 de octubre de 1967, del sargento de los rangers bolivianos, Mario Terán, al cual se le había encargado dar el golpe de gracia al revolucionario Ernesto Guevara -capturado herido- en la escuela de La Higuera, un pueblito de Bolivia. Mario Terán había sido sacado a suerte, y la primera vez que entró en la habitación para cumplir las órdenes, se retiró turbado después de encontrarse con la mirada del Che. Después de oír las burlas de sus colegas y de darse coraje con una botella de alcohol, volvió a entrar y ultimó con una ráfaga de metralleta, disparada por la espalda, sin mirarle la cara a su víctima, al médico argentino que soñaba con la liberación de la gente como él.
La orden de asesinar al guerrillero argentino había venido de Félix Rodríguez, alias Max Gómez, entonces («terminal» de la CIA en Bolivia y aún activo recientemente en, operaciones sucias en Centro y Sudamérica. Aquella ejecución, de la cual Rodríguez se jactara con cinismo en un libro, debía resolver, en teoría, el problema de un continente. Por eso el cadáver del Che se hizo desaparecer, y después -como se ha sabido en fecha cercana, por las revelaciones del entonces capitán Mario Vargas- «destruido» por un buldózer y mezclado en una colada de alquitrán en un trecho de la autovía que el tercer batallón Pando del cuerpo militar de ingenieros comandado por el entonces teniente coronel Andrés Selich, estaba construyendo de Vallegrande a Lagunillas. Una autovía que nunca se ha terminado.
Se había hecho esta cruel elección, porque se temía que la tumba del Che, en la América Latina, podía convertirse en un lugar de culto, y estaban convencidos de que hacerla desaparecer solucionaría toda subversión. Pero se sabe que se puede matar a los hombres, no las ideas. Es así que Che Guevara renace de inmediato, convirtiéndose en el símbolo de reafirmación no sólo de los oprimidos de un continente que veintisiete años después de su muerte es más indigente que entonces, sino también de todos los que en el mundo soñaban y sueñan, como él, con una sociedad más solidaria, no esclava sólo del beneficio propio, una sociedad de («hombres nuevos», como el mismo Guevara la definía.
¿Por qué ha nacido esta identificación con el Che Guevara y sus valores? ¿Y por qué se mantiene en cada esquina del mundo en que vivimos, en teoría muy alejado de las esperanzas y de los sueños de este hombre? Una mañana de octubre de 1992, después de que millares de jóvenes pero también desocupados de las villas miserias, losslums (como los definía The News, el diario de los estadounidenses en Ciudad México), habían desfilado, enarbolando retratos del Che en una manifestación organizada para recordar la masacre de estudiantes del 2 de octubre del 68 en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco, Oleg Darusenkov, embajador ruso en México durante la era gorbachoviana, y ahora devenido vicepresidente de Televisa, la multinacional hegemónica de la televisión para Centro y Sudamérica, trató de responder esas interrogantes:
Yo creo que cada cierto tiempo debe nacer un Jesucristo, y estoy convencido de que, a su modo, Che Guevara ha sido un Jesucristo. No se sorprenda de que sea yo, ateo y exresponsable de la política, en la América Latina, del Sóviet Supremo, el que le haga esta afirmación. Es que nuestra vida, cada día, es tan angustiosa, gris, a menudo mortificada, a veces reprimida, que si de cuando en cuando no surgiese un Ernesto Che Guevara para hacemos esperar, para hacemos soñar un mundo de ideales, nuestra existencia sería un accidente demasiado miserable, casi inútil.
El español de Darusenkov era perfecto, salpicado de un ligero acento caribeño. Oleg fue uno de los primeros soviéticos que trabajaron en Cuba, y el primero en colaborar con el Che en los planes de desarrollo del Ministerio de Industrias cuando en 1961, por su rigor, después de haber sido nombrado Presidente del Banco Nacional, al Che se le había confiado también el organismo más delicado para el desarrollo económico de Cuba.
La Revolución que había triunfado después de menos de cuatro años de guerra contra el dictador Fulgencio Batista había lanzado una simple reforma agraria y no se había decidido aún por el camino del socialismo. Pero habían bastado la expropiación de posesiones de algunos mafiosos y la nacionalización de algunos bienes de la United Fruit, la potente multitunacional de los Estados Unidos en la América Latina, para decretar la demonización de Cuba, el bloqueo económico (increíblemente en vigor aún en nuestros días) y favorecer quizás el inevitable acercamiento de la Revolución hacia los soviéticos.
Aquella mañana Darusenkov me dijo:
No sé cuánto les haya beneficiado a los cubanos aquella elección obligada, o cuánto les haya costado. Lo cierto es que han podido sobrevivir. Pero el Che también vio antes que los demás los riesgos de este matrimonio forzado, y por ello fue, desde los inicios, muy riguroso al defender orgullosamente los intereses cubanos, y quizás también crítico contra nosotros, como cuando en Argel pronunció la famosa frase según la cual si se establece cierto tipo de relaciones económicas entre los países atrasados y los socialistas, estos últimos «son, en cierta manera, cómplices de la explotación imperial». Su rectitud moral, sin embargo, nos conquistaba hasta cuando nuestras opiniones o nuestros intereses divergían. Es una figura, un símbolo que el capitalismo, ni ahora, que parece haber vencido, podrá borrar.
Las teorías del Che sobre la guerra de guerrillas y sobre la inevitabilidad de que en la América subdesarrollada la lucha por el rescate de los pueblos fuera la lucha armada, han sido, según muchos expertos, desmentidas por la historia. Pero es legítimo dudarlo si doscientos millones de los cuatrocientos millones de latinoamericanos, veintisiete años después del paso de las ideas del Che, viven aún por debajo del umbral de la pobreza, mientras Cuba, todavía ahora, por su diversidad, por sus ideas (lo impagable y deshonesto de las tasas de intereses de la deuda externa de los países del Tercer Mundo, el rechazo al modelo único de desarrollo propuesto por los organismos internacionales, que no sólo extirpa las raíces de los pueblos, sino que no atenúa la marginación de ellos, y la esperanza y la unidad de los países latinoamericanos en nombre de Simón Bolívar), es, como en la época de Che Guevara, un fastidio, un mal ejemplo de subversión entonces armada, ahora política.
Quizás Cuba, sin habérselo propuesto, paga el precio de haberse convertido, durante los años 60 y 70, en un laboratorio de nuevas ideas políticas, prerrogativa que desde siempre estaba reservada a naciones poderosas, con una gran historia a cuestas, como Inglaterra o Alemania, Francia o España, Rusia o los Estados Unidos. Nunca este papel había sido concedido a un pequeño país, por añadidura una isla del Caribe.
La culpa de todo esto era de una revolución hecha por intelectuales y no sólo por guerrilleros. Quizás por esto, en una época de crisis de valores como la nuestra, la personalidad más romántica de la Revolución Cubana, Ernesto Che Guevara, es asumida como símbolo de los que no quieren alinearse a un mundo donde pocos hombres deciden por todos en nombre de un valor único, el mercado.
Versión del italiano de Alicia Llerena
Fuente:
Revista Casa de las Américas No. 206 (enero-marzo 1997)

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